Sensible al tacto

Colaboración fotográfica con el Dr. Ricardo Marujo
50x70cm
serie de 2
2012

Casi dos metros cuadrados de epitelio y un poco más de tela.
La piel, embalaje y contenedor de lo humano —vestimenta del alma o espíritu— ha sobrellevado diversas fases de aceptación y repulsión en la evolución de nuestro pensamiento occidental. Denostado y demonizado por la Iglesia católica en el pasado, nuestro cuerpo no ha conseguido liberarse de las reminiscencias de la concepción de la nuditas criminalis medieval, es decir, aquella que incita a la lujuria, impropia de cristianos, frente al descaro de las representaciones paganas, en contraposición a la nuditas naturalis que Adán y Eva poseían antes de sucumbir a la tentación, o la nuditas virtualis de los que no poseen ningún pecado.
Nada importa el cuerpo físico de los santos y santas. Con poquísimas excepciones, siempre están tallados con ropajes, revestidos o tapados con mil triquiñuelas y artificios: el pelo cubre pechos y sexos, la piel del cordero oculta hombros y pectorales en un clima tórrido, sólo la muerte o el dolor del castigo corporal nos mostrarán el cuerpo lacerado. La contradicción de ser carne mortal y al mismo tiempo residencia de la divinidad, o templo del espíritu inmortal, no es fácil de resolver ni siquiera en escultura.
Lujosos vestidos de encajes y sedas, oros, perlas y piedras preciosas, engalanan Dolorosas, Vírgenes, Santos y Mártires. El lujo de estas telas-pieles es el símbolo de santidad, o lo que es lo mismo, la belleza pura. Sin embargo, el soporte de todo este trampantojo barroco, el entramado físico sin el que no podría existir espiritualidad ninguna, queda reducido a bultos esbozados, costillas de madera, una cara y dos manos. Debajo nada.
Los humanos, reflejo de la divinidad según nuestra cultura occidental, asociamos la belleza corporal a la llamada belleza interior o espiritual, y ésta se confunde con la calidad personal. La cara, considerada el espejo del alma, incluye el cuerpo por extensión semántica. Ambos son la parte visible de nuestra belleza y no hay castigo más cruel en la historia que despojar a Marsias de su piel por querer ser mejor, por querer ser más hermoso que Apolo, el bello por excelencia.
La vejez, penalizada como ocaso de la belleza, es combatida a golpe de bisturí. Nuestra piel, al igual que las sedas, los brocados y terciopelos de los santos, es entallada y ajustada. Encajes de titanio, silicona y teflón adornan las enaguas internas de nuestros lujosos vestidos epiteliales. Los nuevos imagineros-cirujanos nos re-esculpen en quirófanos asépticos para convertirnos en pasos sagrados de la belleza.
Conocer el interior de las máquinas, el mecanismo que las mueve, es curiosidad científica; desnudar un cuerpo es deseo y pasión, mas cuando observamos el interior de la carne o la ruda estructura de una imagen desvestida, un estremecimiento siniestro nos invade, pues lo siniestro según Scheling es aquello que debiendo permanecer oculto, ha sido revelado.
Claudia Casarino y Ricardo Marujo entrelazan sus discursos visuales desvelando lo oculto, propiciando la catarsis o purificación espiritual, mental, emocional y corporal a través de la conmoción visual.
Salvo excepciones extremas, la piel extendida de un adulto tipo, suele medir unos dos metros cuadrados. La tela de una imagen dependerá del lujo de sus devotos.

Amador Griñó

ShareShare