Uno/a

Pares de camisas de algodón
1999

El siglo –el milenio, prefieren los apocalípticos- termina exhumando cuestiones que apenas unas décadas atrás parecían definitivamente olvidadas. A los primeros modernos les obsesionaba el tema de la identidad asentada en fundamentos, gestas compartidas y territorios fijos; a los posmodernos les preocupa ahora la identidad construida desde la diferencia. Y, lo que hace mas confusa esta tarea, de por sí incierta, es que tal diferencia corresponde a un término provisional, vacilante. Pocas veces la cultura se empeño tanto en asir un concepto escurridizo como lo hace ahora nuestro tiempo pretendiendo abordar las paradojas de lo mismo y lo otro. ¿Por qué paradojas? Porque la cultura actual recusa las tajantes oposiciones binarias y quiere rastrear los terrenos brumosos de las orillas y los cruces, de frontera y tránsito.

Las dicotomías tipo local/global, cultura/sociedad, erudito/popular, etc. Entran en crisis suplantadas por visiones ramificadas y figuras transitorias que no pocas veces generan mescolanzas e injertos inesperados.

Claudia Casarino busca reconstruir las dicotomías uno/otro y masculino/femenino. Su imagen explora las interfases: se interna en los accesos ambiguos entre lo propio y lo ajeno, busca los vínculos y complicidades que traman la diferencia. Y que lo hacen a costa de comprometer para siempre la nitidez de ambos términos con la sospecha de que la diferencia que los separa los está uniendo en verdad a través de un juego perverso de espejos, de un pacto desconocido y esencial que antecede al fundamento. Claudia presenta camisas: mantiene en ellas las etiquetas con uniforman la mismidad pero niega las cifras de lo desigual para imaginar otras diferencias.

La ropa, metonimia del cuerpo, se vuelve metáfora de una subjetividad descentrada. De un sujeto que, para construir su identidad, debe negociar espacios y compartir, aunque fuere fugazmente, el efímero contorno de un sueño común o una misma memoria. Construye camisas híbridas: moldes pensados para cuerpos superpuestos enredados en abrazos o sujeciones. Cuerpos que, confundidos en sus posiciones, se han vuelto, por un momento, andróginos, desdiferenciados: abiertos a la investidura de un deseo cuyos empujes oblicuos impiden la confección de un modelo cerrado. Y permiten sugerir las otras camisas, las otras pieles, que se sobreponen como envolturas antiguas (como corazas, como cáscaras) para arropar o desnudar la falta; el cimiento de toda diferencia.

Ticio Escobar

ShareShare